jueves, 28 de enero de 2010

El dominio de la lectura y la escritura, por Antonio Pérez Esclarín


El dominio de la lectura y la escritura. (1)

Antonio Pérez Esclarín
Centro de Formación Padre Joaquín.


Hoy todo el mundo parece estar de acuerdo en que, entre los problemas más graves de la actual crisis educativa, está el dominio tan pobre de la lengua materna. Después de una escolaridad cada vez más larga, es muy reducido el número de alumnos formados, o al menos iniciados, para llevar a cabo una lectura crítica e inteligente, activa y placentera. Liceos y universidades se quejan de que cada día reciben más y más alumnos que no saben leer ni escribir, y todos conocemos egresados universitarios con gravísimos errores de ortografía, de lectura vacilante, e incapaces de expresarse, tanto en forma oral como escrita, con la debida corrección. Pero no basta con reconocer el problema o vocear la importancia de la lectura y escritura, si seguimos haciendo las cosas del mismo modo. Es urgente que tomemos las medidas adecuadas para superar el problema, y que las escuelas se dediquen fundamentalmente a promover el aprendizaje de la lectura, la escritura, la expresión y el cálculo, cimientos de otros aprendizajes más complejos. Como se viene repitiendo hasta el cansancio, hoy no tiene ningún sentido una enseñanza que se limita a transmitir paquetes de conocimientos que los alumnos deben memorizar y repetir para pasar exámenes, sino que es necesario enseñar a aprender, de modo que el alumno vaya adquiriendo la capacidad de acceder a un pensamiento cada vez más autónomo e independiente, que le va a permitir seguir aprendiendo siempre. Esto supone el desarrollo de las competencias básicas, en especial de expresión oral, lectura, escritura y cálculo.

De ahí que la enseñanza de dichas competencias no puede ser considerada como un objetivo exclusivo de los primeros grados, sino que tiene que ser asumida como el objetivo fundamental de toda la educación básica. Si la escuela enseñara realmente a leer bien y desarrollara en los alumnos una verdadera afición por la lectura, cada vez más compleja y personal, habría logrado lo esencial. Si de nuestras aulas salieran alumnos lectores, a los que les gusta leer, que necesitan leer, les estaríamos abriendo la puerta a la sabiduría. De allí que el reto de la escuela no es meramente alfabetizar a los alumnos, sino convertirlos en lectores que, en cierto sentido, sientan la necesidad de leer, como sienten la necesidad de hablar. Esto no será posible si los maestros no son lectores, si no sienten la necesidad y el placer de leer y de hacer de la lectura un instrumento de uso cotidiano. Si el docente sólo lee cuando está estudiando y le obliga el profesor, él interioriza la concepción de que la lectura es algo meramente escolar y decidido por otro, una obligación impuesta, y esta será la concepción que reproducirá en sus alumnos. Pero si el docente goza leyendo, es un lector entusiasta, posiblemente comunicará a sus alumnos su pasión por la lectura.

Afortunadamente, cada día estamos entendiendo mejor en qué consiste la lectura. Hasta hace unos años, se pensaba que la lectura era una forma de recibir la información que el autor quería transmitir. El lector era un mero recipiente donde el autor vertía sus ideas. Hoy sabemos que toda la lectura es un diálogo entre el texto y el contexto del lector, que el significado no se descubre sino que se construye y que, por eso, sólo es posible leer de lo que uno ya sabe (todos, con un simple vistazo al periódico nos enteramos de las noticias que nos interesan; en cambio somos incapaces de leer un folleto de electrónica o de computación si no tenemos conocimientos de la materia; de ahí la inutilidad práctica de casi todos los instructivos que vienen con los aparatos que uno compra, si uno no es experto en la materia).

Ningún texto habla definitivamente por sí mismo, pues toda lectura es necesariamente una interpretación del texto desde los propios saberes, y por ello son posibles múltiples lecturas de un mismo texto, pues cada uno lo interpretará según sus vivencias y experiencias previas. De allí que, como plantea Isabel Solé (1.996), leer es imposible sin la implicación activa del lector que va comprendiendo en cuanto es capaz de establecer relaciones significativas entre lo que sabe, ha vivido o experimentado, y lo que le dice el texto. Si comprende lo escrito, es porque puede ir relacionándolo con las cosas que ya sabía e integrar la información nueva a sus esquemas previos.

Si la lectura es interpretación, y la interpretación es construcción de significado, leer es un acto de pensamiento. Todos caemos en la cuenta cuando un alumno lee sin comprender, y cuando lo hace con sentido, porque leer es precisamente dar sentido, construir el significado de lo que se lee a partir de lo que ya se sabe. De ahí que la lectura es uno de los medios más efectivos para enseñar a pensar. La mente, a partir de los conocimientos previos, va formulando una serie de hipótesis que le permiten construir sentido y significado a lo que va leyendo. Por ello, si un alumno sólo es capaz de repetir textualmente lo leído, posiblemente no lo ha comprendido bien, porque ha sido incapaz de crear nuevos conocimientos a partir del texto y de sus conocimientos previos. De ahí, el gravísimo error, tan frecuente en muchas evaluaciones transmisivas, de confundir memorización con comprensión, precisamente cuando la memorización es la salida que encuentra el que no comprende.

No es fácil llegar a ser un buen lector

Desde el momento en que el niño empieza a leer hasta el tiempo en que va dominando la lectura y encuentra en ella un placer y una necesidad, hay un largo proceso que la escuela debe alimentar y guiar, pero que, desgraciadamente, no siempre lo hace o lo hace bien. El niño que percibe el aprendizaje de la lectura como un proceso largo, difícil, penoso, punitivo, lleno de dificultades y de una sucesiva aplicación de métodos de reeducación, no sentirá placer ni se acercará en forma espontánea a la lectura y escritura. Porque el gusto por la lectura no se desarrolla bajo presión ni como obligación, ni con libros y textos aburridos o sin sentido, cuya única utilidad es enseñar a leer: “Pilo pule la pala”, “mamá amasa la masa en la mesa”. De ahí la necesidad de la ejercitación continua de la lectura pues, cuanto más se lee, mejor se lee. Para ello, será necesario proporcionarles a los alumnos abundantes materiales de lectura, amenos e interesantes, adaptados a sus necesidades y gustos y de una gran variedad: cuentos, poemas, libros informativos, diccionarios, enciclopedias, libros de consulta, periódicos, revistas, catálogos, cancioneros, mapas, guías de teléfonos, textos escritos por los propios niños, libros de adivinanzas, chistes, refranes... Cada escuela y, a poder ser, cada aula, debe tener un tiempo y un lugar especialmente acondicionado, que invite a leer, de modo que los alumnos conciban la lectura no como un fastidio o un castigo, sino como un premio. Y no olvidemos nunca que no es fácil llegar a ser un buen lector y que uno nunca termina de serlo, pues siempre tiene la posibilidad de leer cada vez mejor, de un modo más autónomo y personal, que le va a permitir establecer un diálogo cada vez más profundo con el texto y con su autor. Lector de textos y del contexto, capaz de escuchar e interpretar los gritos desgarradores de la realidad. Pasar de lector pasivo o consumidor de textos a lector crítico de ellos y de las intenciones de sus autores. Lector de los nuevos códigos de comunicación e información, de los lenguajes audiovisuales, para procesar, utilizar y desmitificar las múltiples informaciones que nos lanzan, el sentido y sinsentido de tantas propuestas educativas, políticas, económicas, culturales y sociales.

La lectura de la televisión

Hoy necesitamos alfabetizar a los alumnos en las nuevas formas de lenguaje, en especial, de la televisión, para que sepan leerla críticamente, para que sean conscientes de los usos y los abusos de los mensajes de los vendedores, y no sean unos meros consumidores analfabetas, que se tragan acríticamente todos los mensajes interesados que les lanzan. Debemos enseñarles a analizar las estrategias de persuasión, los valores que proponen y la visión que presentan los medios. Con el pretexto de objetividad y de reflejar la realidad, se nos proponen e imponen maneras de interpretar el mundo y lo que en él sucede. En palabras de Carlos Lomas (1.998), "la televisión se está convirtiendo en ‘una industria de la realidad’; ella selecciona y exhibe lo que quiere e ignora y oculta lo que le conviene, pues los medios de comunicación de masas no sólo informan de lo que pasa, sino sobre todo, seleccionan, exhiben e interpretan lo que pasa. Cuentan el mundo desde la visión y versión de los dueños de los medios. Ahora lo real no está fuera del hogar, está dentro de la ventana electrónica del televisor y asomarse a la realidad ya no exige salir a la calle sino, al contrario, quedarse en casa viendo televisión". Eduardo Galeano (1.989, 137) es todavía más contundente: "la televisión muestra lo que ella quiere que ocurra; y nada ocurre si la televisión no lo muestra. La televisión, esa última luz que te salva de la soledad y de la noche, es la realidad... Fuera de la pantalla, el mundo es una sombra indigna de confianza".

La programación televisiva no está al servicio del público, sino de la publicidad. En expresión de Guerin, citado por Lomas, "el aire que respiramos es un compuesto de oxígeno, nitrógeno y publicidad". Se calcula que un niño a los diez años de edad, ha visto ya unos 200.000 anuncios publicitarios. El objetivo fundamental de la televisión es seducir las audiencias para lograr la adhesión de las conciencias que los haga consumidores acríticos de imágenes y de los productos que venden las imágenes: "El principal producto que vende la televisión no son sus programas, sino la audiencia. Hoy, la mercancía más valiosa, la que se cotiza más alta en el hipermercado de las comunicaciones de masas es la mirada fiel, adicta y cautiva del espectador" (Lomas 1.998).

Por lo general, los niños latinoamericanos pasan frente a las pantallas del televisor, el doble de horas que en la escuela y para muchos de ellos la televisión es su única escuela. La pantalla es la ventana por la que miran al mundo. Ella moldea su modo de ver la realidad. Por medio de ella construyen su identidad. Sumergidos en el mundo de la imagen, se vuelven incapaces del esfuerzo y la participación activa que exige el aprendizaje escolar. En este sentido, por imposibilitar la participación que exigen la auténtica lectura y el genuino aprendizaje, la televisión es mucho más peligrosa que por sus mensajes violentos o sexuales.

El dominio de la escritura

Si es difícil llegar a ser un buen lector de textos y del contexto, de hechos, palabras e imágenes, más difícil resulta todavía llegar a ser un buen escritor. No olvidemos nunca que el dominio de la escritura exige una práctica continua y constante. Si es evidente que sólo se logra el dominio de la lectura ejercitándola continuamente, esto es más evidente con la escritura. Para dominar la escritura hay que leer y escribir mucho, hay que luchar con las palabras y experimentar prácticamente que la escritura es un medio para comunicar a otros las propias vivencias, los sueños, las ideas, los miedos, los deseos e ilusiones. Por todo esto, el niño sólo se lanzará a escribir libremente si siente que tiene algo que decir y lo que dice o cuenta es valorado por lo demás. De ahí la importancia de crear en el salón un ambiente motivador, donde los alumnos se sientan libres y deseosos de expresar sus sentimientos, ideas, ocurrencias y vivencias tanto en forma oral como por escrito.

Si la escritura es un medio de comunicación y creación, lo es también para aprender a pensar, pues es un instrumento privilegiado de expresión y reflexión del pensamiento. Cuando escribimos, meditamos sobre las ideas que queremos expresar, examinamos y juzgamos nuestros pensamientos. Esto es tan cierto que uno no termina de comprender bien una idea hasta que la escribe: "Si quieres saber lo que piensas, escríbelo".

Detrás de muchas resistencias a escribir, se ocultan las resistencias a pensar, y es triste constatar cómo la escuela ha descuidado la ejercitación continua de la escritura personal y creativa. Hay alumnos que pasaron diez, quince o más años en el sistema educativo y en muy raras ocasiones escribieron algo propio, ni se les enseñó a escribir realmente, a comunicar de un modo personal sus pensamientos. Se limitaron simplemente a copiar y transcribir en cientos de páginas las palabras y pensamientos de otros, sin importar si lo hicieron copiando directamente de los libros o enciclopedias en esos trabajos tan mal llamados "de investigación", o previa memorización para responder exitosamente la serie de pruebas y exámenes que deben realizar en los largos años de escolarización. Y es que, como expresa magistralmente el escritor Julio Ramón Ribeyro (1975), "escribir, más que transmitir un conocimiento, es acceder a ese conocimiento. El acto de escribir nos permite aprehender una realidad que hasta el momento se nos presentaba en forma incompleta, velada, fugitiva, caótica. Muchas cosas las comprendemos sólo cuando las escribimos".

Escribir es comunicar, derramarse en los demás para desatar procesos de creación, de ilusión, de esperanza. Como ha dicho Eduardo Galeano, uno escribe, pero el texto se realiza en el lector. Las palabras viajan dentro de él, le pertenecen. La escritura es una forma de buscar al otro, de pertenecerle, de darse, de entregar el alma. Supone la aventura de la incertidumbre. Es como arrojar botellas al agua con mensajes de amor, de esperanzas, con la ilusión de que alguien las recogerá y responderá. De ahí que leer y escribir necesitan de un silencio y una escucha previos y de mucha reflexión. Sólo quien es capaz de escucharse, de escuchar el silencio, podrá decir y escribir palabras verdaderas.

Si antes dijimos que sólo docentes lectores serán capaces de estimular en sus alumnos el gozo de la lectura, los docentes deberán comprometerse en una escritura cada vez más constante y personal, si quieren que sus alumnos salgan escritores. Para ello, deberán enfrentar las excusas y miedos para no escribir: falta de tiempo, miedo a crear, miedo a responsabilizarse, miedo a enfrentar las propias deficiencias, miedo a sufrir, pues, no lo olvidemos, uno siempre escribe con la propia sangre. Si lo hacen, les será más fácil comprometerse con una escuela de la expresión, que responda a las inquietudes de los niños y jóvenes, a su necesidad de jugar, de inventar, de crear, para así sepultar, de una vez por todas, la escuela de la repetición rutinaria, de las copias y apuntes, del texto aburrido y sin sentido. Todos somos creativos si nos lo proponemos. La principal tarea de los seres humanos es crearnos a nosotros mismos. De ahí la importancia de adueñarnos de la palabra para ser capaces de expresar nuestras experiencias y necesidades, para descubrir y comprender el mundo y así poderlo recrear.

NOTAS.
1.- Galeano, Eduardo (1.989). El Libro de los Abrazos. Madrid, Siglo XXI.
2.- Lomas, Carlos (1.998). Textos y Contextos de la Persuasión.
Cuadernos de Pedagogía. No. 262. Barcelona.
3.- Ribeyro, Julio Ramón (1.975). Prosas Apátridas. Barcelona, Tusquets.
4.- Solé, Isabel (1.996). Estrategias de Comprensión Lectora. Lectura y Vida, Año 17, Dic. 1.996.


(1). Tomado de Movimiento Pedagógico Fe y Alegría. Año VII. 22. Venezuela. Oct. 1999. pp. 21-24. (Dossier)

3 comentarios:

  1. este documento no solo es importante para los docentes, nos ayuda mucho a todos aquellos que estamos empesando a como dominar la lectura y la escritura.....muchas gracias.....mj

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  2. Excelente documento ., no cabe duda que es un análisis muy bien pensado y ajustado a la realidad que vivimos todos los educadores muy especialmente los que trabajamos en básica , media o a nivel universitario . Espero que muchos de mis compañeros maestros hagamos nuestra esa inquietud y comencemos a trabajar en conjunto todas las áreas para minimizar esta grave deficiencia.

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  3. El ejercicio de la lectura -y de la escritura- es imprescindible en todos los subsistemas educativos: educación inicial, escuela básica, secundaria, universitaria; ya decía Emilia Ferreiro que ella también con sus estudiantes de Doctorado y postdoctorado se dedicaba a enseñar a leer y escribir.

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