sábado, 3 de abril de 2010

Estrategias que favorezcan en niños, niñas y adolescentes la adquisición, el desarrollo y el ejercicio pleno de los actos de leer y escribir.

por

Marlon Rivas Sánchez

Al plantearnos ese título tan largo “Estrategias que favorezcan en niños, niñas y… lo que queremos decir es lo que han formulado un sinnúmero de teóricos, pedagogos, docentes, poetas e investigadores diversos: en la enseñanza de la lengua – y de la literatura– se hace imprescindible un acercamiento lúdico-creativo que busque aproximar al niño, niña o al joven a las corrientes de su propia imaginación, aquellas que se verían favorecidas mediante el ejercicio y el aprecio de la poesía, la música, la expresión corporal, los cuentos y narraciones, las retahílas y canciones, las adivinanzas y trabalenguas, el dibujo o el aprecio por la imagen en el aula de clases.

Nuestra experiencia nos dice que la mayoría de maestros se dejan llevar por prácticas en donde prevalecen la definición de objetivos, la aclaración de logros a alcanzar, los contenidos a tratar, y las famosas estrategias que ayudarán a abordar el tema y comunicárselo a los estudiantes. Se hace preciso hablar sobre este último asunto, el problema de la estrategia.

Pareciera que la educación se redujera a la adquisición y el uso manido de un conjunto de estrategias, para todo se necesita una estrategia: estrategias para pensar, para idear, para enseñar, para aprender, para comprender, para facilitar…

Los estudiantes de formación docente se preocupan en todo momento en la definición de la estrategia que emplearán en la satisfacción del proceso de enseñar y aprender. Y ustedes dirán que qué hay de malo en la precisión de la estrategia, pues realmente no tiene nada de malo cuando el enseñante sabe qué es lo que se precisa enseñar, y aquí caemos en el quid del asunto.

El problema de la estrategia estriba en que en las Escuelas de formación docente, a veces, se descuida el qué enseñar, acentuando todo el peso de la formación del maestro en el cómo enseñar, lo que trae como consecuencia que muchos egresados y/o maestros sepan muy bien qué hacer para facilitar la enseñanza y el aprendizaje de los educandos, pero desconozcan en profundidad lo que se precisa enseñar en las escuelas.

Esta problemática es común en todas las áreas de conocimiento, y muchas veces se torna crítica en las áreas básicas de lengua y matemática. ¿Cuántas veces hemos presenciado cómo egresados de ciencias sociales, de educación física, de inglés, etc., se encuentran ejerciendo la docencia en el campo de la lengua y la literatura, o incluso en el campo de las matemáticas?, generando con ello praxis y concepciones equivocadas de lo que es leer, escribir y calcular para la vida y no para la escuela. Quizá sea por lo anterior que en las áreas de la lectura, la escritura y el cálculo elemental sean donde más problemas presentan los estudiantes cuando emprenden sus estudios de profesionalización y sean, además, las asignaturas que más fracaso escolar y deserción provocan en la población en edad escolar de los distintos subsistemas educativos.

En lo que concierne a la lengua y la literatura, y aquí preciso la propuesta que hoy presento en estas líneas, deberíamos tomar en cuenta como docentes las historias personales de los estudiantes, las historias que han escuchado en su primera infancia, en su adolescencia o en su formación, todas aquellas historias en las que la imaginación y la realidad se entrecruzan hasta desdibujar sus límites. Historias que resultan comunes para todos nosotros, pues todas las personas hemos tenido, en algún momento de nuestro desarrollo, otros seres humanos que nos hayan contado o dicho algún relato o narración sobre la vida real o imaginaria de algún personaje; en todas las situaciones por las que ha atravesado el hombre se pueden encontrar historias y narraciones fantásticas que han marcado y rodeado la formación y el desarrollo del imaginario de los seres humanos.

Por qué no trabajar, por ejemplo, en el aula de lengua –o en el aula de Castellano y Literatura– las narraciones de aparecidos, para darnos cuenta que en esas historias y mitos que nos contaban nuestras abuelas, ya estaban transfigurados o representados muchos de los personajes que luego la literatura, el cine y la televisión nos transmitirían: espantos solitarios cargando pesadas cadenas en castillos medievales, jinetes sin cabeza solitarios cabalgando en bosques bajo una neblina espesa, sayonas llorando por sus hijos perdidos, vampiros ocultos en el aullar de una manada de lobos, fantasmas enamorados que se niegan a abandonar a sus amadas, y otros tantos personajes que se evidencian en las inocentes narraciones que nos relataban cuando éramos niños.



Incluso estas narraciones funcionan muy bien a la hora de hablar en términos formales de los objetivos que se deben alcanzar a lo largo de un año escolar. Si necesitamos, por ejemplo, trabajar con los estudiantes las llamadas secuencias textuales (narración, descripción, diálogo, argumentación, exposición, etc.) estas narraciones tradicionales –que en cualquier hogar donde aún se converse seguramente persisten– se darán muy bien. Pues cómo olvidar aquella canción del folclor venezolano y cantada por la agrupación caroreña Carota, ñema y tajá, llamada El espanto, en donde se expresa una de las descripciones más precisas que haya podido escuchar, y deja abierta una brecha para que el escucha construya una de las más auténticas, maravillosas y encantadoras narraciones sobre aparecidos que se puedan imaginar.

Más allá de no sé dónde
tampoco se sabe cuándo
Dicen que sale un espanto
Que lo vieron no se sabe
ni dónde, ni cómo, ni cuándo
ni por qué andaba espantando

Yo lo vi, yo sí lo vi
Yo lo vi, yo sí lo vi

Era un muerto sin cabeza
Sin pantalón, ni camisa
Con las manos en el bolsillo
Y una macabra sonrisa Yo lo vi, yo sí lo vi
Yo lo vi, yo sí lo vi

Tenía los ojos pela'os
Tenía el bigote chorrea'o
Tenía los pelos para'os
Tenía la barba pa' trás

Y bailaba este merengue
Sabroso así de medio la'o
Y bailaba este merengue
Con ese ritmo atravesa'o (1)


Cómo acercar al niño, a la niña y al adolescente a esta riqueza implícita que guarda su propia patria, su comunidad, su familia, su barrio. Puede ser de muchas formas, recogiendo historias de las vidas de aquellos personajes de la comunidad o barrio que han trascendido y son recordados, rememorados a diario en las esquinas, en las tiendas o bodegas y que son, por añadidura, los personajes principales de chistes y narraciones populares que se repiten en las cocinas de las casas. Otra forma podría ser, entrevistar a los hombres y mujeres más experimentados o los más longevos del barrio, y pedirles que nos cuenten las anécdotas, las historias de espectros que ellos hayan escuchado o experimentado de jóvenes.

Quizá al leer estas ideas se pregunten qué tiene que ver esto con la lectura y la escritura, y es más qué tienen que ver con el contexto escolar. Pues yo les podría contestar que mucho, que todo, y ya se los voy a demostrar.

En primer lugar, al pedirle al niño o al joven que indague en sus propias historias familiares y las de su comunidad, lo que estamos haciendo realmente es favoreciendo que el sujeto se reconozca como tal, que entienda que las historias que ve en TV, en el cine, las que escucha en la calle y las pocas que haya leído, no son muy diferentes de su propia historia personal, es decir, que de su propia vida y de sus experiencias pueden nacer historias, que su paso por el mundo es una manera de registrar una historia nueva.

Este reconocimiento tiene como implícito la reafirmación y la revaloración de las vidas y las experiencias personales de los estudiantes, de modo que entiendan que todas las historias que han vivenciado, escuchado, visto, leído o padecido son también parte de ellos mismos, y poseen un lugar principal en su imaginario, y además constituyen un eslabón en la construcción de su identidad como jóvenes o personas en formación, así como en la conformación de lo que es ser venezolano, latinoamericano y ser humano. De lo que se trata es que los estudiantes puedan verse reflejados en esas historias que siempre han tenido a su alcance pero que ningún maestro les ha pedido que consideren: sus historias personales, las historias de su madre, de su padre, las historias de su calle, de su barrio y tantas otras; porque a partir de la historia particular de alguien se puede alcanzar también, la historia de la región, la historia del país y la historia del mundo, y es obvio que aquí el vocablo historia va más allá de la noción de disciplina social. La historia así concebida puede ser empleada como una herramienta creativa y lúdica para leer y escribir de forma significativa en la escuela.

Al hablar de historia estamos hablando de narraciones orales que, en su estado primigenio, permanecen en la memoria de los habitantes de un pueblo, se enriquecen con el pasar de los años, y se van modificando –trasmutando o trasmudando– al cambiar las generaciones. Y que al llegar a los oídos de los niños, niñas y jóvenes podrían cambiar y trasmudar sus visiones, impresiones y experiencias con respecto a su lengua materna, la literatura nacional y el proceso de escolarización. Claro, esto sería posible, si en la escuela se tomaran en cuenta las historias de vidas, las autobiografías, los relatos autobiográficos, las narraciones historiadas sobre nuestra Historia nacional, etc.

Fíjense que no estoy diciendo lo que suele decirse y repetirse hasta el cansancio: que para formar lectores el maestro debe ser lector. No lo digo no porque no lo crea, pienso, por el contrario, que es un requisito sine qua non para que todo proceso de alfabetización y de educación continua, permanente y para la vida sea coherente, sino por el simple hecho de que me parece una premisa que está implícita en el mismo concepto de educar y en el de maestro. Todo maestro, todo educando –lo decía Paulo Freire– debe ser ante todo un humanista, un intelectual; un ser humano atento, vigilante e interesado por todas las disciplinas científicas y humanas, lector incansable de todo cuanto llegue a sus manos: literatura, historia, geografía, anatomía, política, filosofía, poesía, pedagogía, etc.; pero un intelectual con el corazón, la mirada y la inteligencia puestas no sólo en sus lecturas, sino, sobre todo, en su realidad, en la realidad de su barrio, de su comunidad, de su escuela, y aquí las historias personales de los participantes del hecho educativo cobran cuerpo y memoria de lo que es ser maestro y ciudadano en una sociedad venezolana plural, multilingüe y problematizada.



(1) Letra y Música: Adelis Freitez. Interpretado por la agrupación Carota, ñema y tajá.

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