martes, 30 de noviembre de 2010

La viveza y la inteligencia. Ángel Rosenblat

Publicamos hoy un texto de Ángel Rosenblat que nos puede ayudar a reflexionar sobre la educación  universitaria venezolana del presente. A pesar de que el texto fue escrito originalmente en la década del 60 del siglo pasado, asombra especialmente la vigencia de las palabras del autor en torno a la problemática educativa en Venezuela, particularmente en relación con la actitud del venezolano alrededor del estudio en general, y la concepción subyacente del estudiante venezolano en lo concerniente al aprendizaje, al conocimiento y  al estudio en educación universitaria. 




Es alarmante comprobar que la percepción rosenblatiana en torno a la concepción del estudiante venezolano en cuanto al aprendizaje y al conocimiento siga vigente, pues podríamos preguntarnos ¿qué estamos haciendo y qué se ha venido haciendo para cambiar la aproximación de los jóvenes al estudio? Creo que la cuota de responsabilidad recae en todos los que estamos vinculados, de una u otra manera, en la formación de los jóvenes venezolanos sin importar el subsistema de que se trate. Tanto la administración educativa  de los diferentes sistemas, las universidades y sus pésimas administraciones, los liceos, las escuelas y la familia tienen su cuota de responsabilidad.  Todos los que hacemos vida en esas instituciones no escapamos de ser responsables de esa problemática:  profesores y maestros, ministros, gerentes y administradores educativos, estudiantes, padres y representantes.

Al iniciar cursos universitarios, cualquier docente, medianamente preocupado y preparado en estimular la curiosidad del estudiante en torno al estudio, se dará cuenta, por ejemplo, de la disociación del estudiante medio en relación con los conceptos del estudio y la lectura. Muchas veces preguntamos a estudiantes recién ingresados a carreras de formación docente o alumnos avanzados de programas de formación, si les gusta estudiar o si les gusta leer o escribir, qué han leído o escrito en su vida. La mayoría de ellos responde que sí, que les gusta estudiar y que se consideran buenos estudiantes, pero al responder sobre la lectura, por lo general, contestan que no les gusta leer, incluso que odian leer; estas respuestas son usuales aun en estudiantes considerados sobresalientes o suma cumlaudes. Entonces la cuestión es preguntarnos ¿cómo puede ser alguien "buen estudiante", si no le gusta leer y escribir? ¿Qué ha hecho y qué sigue haciendo la educación y la familia venezolanas para que cada vez más jóvenes crean que el estudio no tiene que ver en lo absoluto con la lectura y la escritura?
Estas preguntas y muchas otras fue lo que provocó en mí la lectura del texto La educación en Venezuela de Ángel Rosenblat (editado en Caracas, Monte Ávila Editores, 1990). A pesar de que hay ideas expuestas en el texto que hoy presentamos con las cuales no comulgamos y a partir de las que se puede debatir largamente, los invito a leer el presente artículo extraído de ese libro para que ustedes a su vez se pregunten y reflexionen en torno al problema.

 




LA VIVEZA Y LA INTELIGENCIA * (1)
Ángel Rosenblat



Me llega con retraso a Buenos Aires —donde debo quedarme un par de meses— el Radar de Ángel Mancera Galletti dedicado a mis ideas educativas (El Universal, 10 de septiembre). Agradezco de todo corazón las generosas expresiones del artículo, que me estimula a aclarar y desarrollar mis puntos de vista.

Llevo por lo menos treinta y cinco años dedicados a la enseñanza (más de quince de ellos en Venezuela), y jamás he creído que se necesitara el látigo para impulsar el afán de estudio del alumno. Decididamente, no me gusta el látigo, ni en sentido metafórico. Más aún: nunca he tomado una medida disciplinaria contra ningún alumno. El profesor debe tener una autoridad intelectual y moral, y si no la tiene no hay palmeta que se la dé. Además, ¡buenos están los tiempos para la palmeta o el látigo! Ya ni los padres se atreven a levantar la mano. Sí soy partidario del rigor, pero debo explicar qué entiendo por rigor.

Mi experiencia es que el alumno venezolano es en general inteligente y capaz de cosas extraordinarias. Pero mi experiencia es también que no estudia si no se le obliga. O que sólo estudia voluntariamente lo que le parece interesante y agradable, y considera pavoso lo que es difícil, que bien puede ser lo fundamental. En otros países hay una serie de hábitos tradicionales que obligan al alumno a dar de sí todo lo que pueda. En Venezuela hay una serie de hábitos más o menos tradicionales en sentido contrario: el alumno hace lo menos que puede, el mínimo indispensable para ir aprobando y graduarse. Graduarse es el objetivo supremo. Saber no lo es nunca. Y para graduarse, el alumno recurre a cualquier medio: hacer bajar el nivel de la materia, ablandar al profesor, copiarse en las pruebas, convertir el curso y el examen en una serie de triquiñuelas. Y no es raro que la familia misma intervenga para obtener la ansiada promoción. Nunca, que yo sepa, para lograr que al alumno se le enseñe más o se le exija más.

La mitad del curso se pierde frecuentemente en un forcejeo absurdo. Los alumnos —sus razones tendrán— desconfían sistemáticamente de la preparación del profesor, y empiezan a hacerle preguntas difíciles para ponerlo en apuros (de pronto ciertas preguntas traicioneras circulan por todos los colegios de Caracas, y llegan hasta el interior). Si el profesor no sabe, carece de autoridad para exigir a los alumnos, y éstos no tienen por qué estudiar. Además, tratan de poner a prueba su carácter. Si es blando, se le subirán a la cabeza y no estudiarán. Si es generoso y complaciente (es decir, una mantequilla), estarán encantados, le darán unas palmaditas en el hombro, lo tratarán de profe (“¿Cómo está, profe?"), y no estudiarán nada.

Las consecuencias son siempre calamitosas. La educación venezolana es el sistema más costoso y complejo para dilapidar y malograr la capacidad de la juventud venezolana. Muy pronto aprende el alumno la eficacia de la viveza, y se dedica a desarrollarla. Y no hay nada más alejado de la verdadera inteligencia que la viveza, aunque puede servir para simularla.

Hay períodos de la vida que son fundamentales en la formación de la personalidad, y hay conocimientos básicos que sólo se adquieren en ciertos años. Yo no doy excesiva importancia a la ortografía, quizá porque he estudiado sus cambios a través de mil años, pero la tomo como ejemplo: si uno no la ha aprendido bien en la escuela primaria, es seguro que andará dando tumbos toda la vida, y no se atreverá a escribir dos palabras delante del prójimo, para no exponerse a la vergüenza. Con muchas cosas pasa lo mismo. Yo oigo a veces a alumnos de Medicina o de Ingeniería, impacientes por graduarse: “Me iré a perfeccionar al extranjero”. Y tengo la más absoluta convicción de que si no han aprovechado bien sus cursos universitarios no podrán luego perfeccionar nada, y en el extranjero harán el ridículo, con o sin beca de la universidad, o se dedicarán a divertirse. Y volverán luego al país para ser administradores de un hospital o de una empresa, o buscarán el camino de la política, en la que suelen prosperar los profesionales fracasados. (En cambio, para la verdadera política se requiere auténtica vocación, que muy pocos tienen).

Vuelvo a mi experiencia. Me ha llevado a la educación un deseo de aprender y de enseñar, un ansia de comunicación cordial. Estar rodeado de alumnos que quieren aprender es una gran satisfacción. La misión del maestro es descubrir y estimular el talento de los alumnos, y de las alumnas, y en ello se le va el alma. En Alemania, donde estuve dos años y medio, y me tocó también enseñar, me chocaba la excesiva separación jerárquica entre profesores y alumnos. Aun en la Argentina —tierra de toda mi formación— me parecía que el profesor estaba demasiado distanciado del alumno. Llegué a Venezuela con gran ilusión. Y en lugar de encontrar un alumnado ansioso por aprender —cosa que le hacía evidentemente mucha falta— encontré unos alumnos díscolos, discutidores, que eludían todo esfuerzo, empezando por el de atender y entender, y que sólo querían aprobar de cualquier manera. Mis primeras experiencias, en el Instituto Pedagógico de Caracas, fueron durísimas, y jamás he sufrido tanto. Si yo hubiera sido un profesor novel —ya había enseñado en cinco países, y hasta me habían hecho creer que no lo hacía mal— hubiera renunciado para siempre a la enseñanza.

El mismo alumnado que me había hecho sufrir comprendió que no tenía más remedio que estudiar, que no iba a aprobar si no estudiaba. Y aprendió bastante, y hasta lo agradeció después. Creo que algunos de aquellos alumnos son hoy muy buenos amigos míos. El alumno venezolano responde si le exigen, si se le obliga a estudiar. Pero, eso sí, para obligarle a estudiar el profesor debe demostrar que sabe, que trabaja, que se interesa por la enseñanza, y debe probar que tiene carácter y autoridad de profesor. Autoridad que debe ser justa, equilibrada y humana.

Y aquí vuelvo a insistir en el problema capital de la enseñanza venezolana, y que muchos, cegados por intereses mezquinos o por pequeño espíritu de cuerpo, no han sido capaces de comprender. La responsabilidad de la enseñanza venezolana recae en el profesorado. El alumnado es materia prima moldeable, al que nunca se puede echar la culpa de nada. Tampoco se puede achacar todas las culpas al imperialismo, a la crisis económica, a la guerra fría. Si el profesorado —incluyo, claro está, las autoridades de los colegios, los supervisores y el Ministerio de Educación que tiene la responsabilidad máxima— ocupa el lugar que le corresponde, si trabaja y estudia y se pone al día, sobre todo si afronta su deber y no aprueba a nadie que no haya alcanzado un nivel decoroso, aunque tenga que aplazar el noventa por ciento, vería el país cómo el alumnado responde. Aunque no creo que el ser joven sea una virtud suprema (la juventud es un defecto que se cura con los años), tengo fe en la capacidad e inteligencia de los jóvenes para el estudio.

La responsabilidad de la enseñanza reposa sobre los hombros del profesorado. El Ministerio de Educación, consciente de su misión, y con un noble empeño, contrató en años anteriores a varios centenares de profesores extranjeros para la enseñanza media. ¿Dieron todo lo que se esperaba de ellos? Ya sé que la selección no fue siempre afortunada y que no todos estuvieron a la altura de las esperanzas. Pero muchos, con la más sana intención de enseñar y de aplicar normas existentes en otros países, se estrellaron ante las dificultades, se acobardaron ante un alumnado reacio y rebelde, y en algunos casos ante la hostilidad o la falta de solidaridad de sus colegas venezolanos.

¡Ay, los colegas! Siempre me recuerdan una vieja y nueva historia. Se cuenta que Dios, en un momento de inspiración, creó el Profesor, y vio que era bueno. El Demonio, desesperado y tratando de remedar a Dios, inventó al Colega. Los colegas suelen ser cómodos. Enfrentarse a los alumnos para hacerles estudiar puede ser peligroso (ha habido huelgas contra profesores tachados de severos). Es más ventajoso halagar a los alumnos y conquistárselos con calificaciones altas. Y el profesor exigente y severo se va encontrando solo. Los colegas son los primeros que le socavan el terreno, y sonríen compasivos al verlo empeñado en una lucha que consideran inútil: -“¡No entiende el país!” Un colega del Pedagógico, en mi primer año en Venezuela, se me acercó cordial para decirme: “¡Adáptese, profesor!” ¡Y yo que creía que eran los alumnos los que debían adaptarse!

El enseñar en Venezuela no es tarea fácil. No, me equivoco. Es la tarea más fácil del mundo si uno la toma con frivolidad: los alumnos, encantados de que uno no enseñe nada, con tal que luego no exija nada; los colegas, muy compañeros si uno hace lo mismo que ellos; muchos días de fiesta (el estudiante venezolano es bastante descreído, pero celebra los santos más que el Vaticano), vacaciones de carnaval, de Semana Santa, de Navidades (siempre anticipadas por los alumnos), semanas perdidas para preparar exámenes parciales y finales, muchas, muchísimas huelgas, que permiten al profesor rehacer las energías gastadas en los días de clase. No, no es tarea agotadora la enseñanza en Venezuela, y los profesores pueden aceptar tres o cuatro medios tiempos, o dos y tres tiempos completos. Pero tome usted en serio la enseñanza, considere que su deber es enseñar, que ha contraído una responsabilidad consigo mismo y con el país, ¡y no conozco cosa más desesperante!

El profesor que se empeña a todo trance en enseñar se transforma automáticamente en un ogro. ¡Papel bien desairado, que a mí no me ha halagado nunca! ¿Qué remedio tiene uno? La generosidad suele ser contraproducente: el profesor, con ánimo de estimular al alumno, le regala unos puntos y lo lleva con dieciocho al examen; el alumno, en vez de considerar que la dignidad lo obliga a mantener o mejorar la calificación, calcula que con un uno le basta para aprobar, y ya no estudia. ¡Es increíble, pero así es! (Me parece una inmoralidad del sistema universitario de promoción, que un alumno pueda aprobar una asignatura por promedio cuando en el examen final demuestra su absoluta ignorancia). No hay más remedio que ser un ogro y hacer que los estudiantes estudien y aprendan. A la larga siempre reconocerán lo que se hace por ellos y despreciarán al profesor que no les ha enseñado nada. El profesor riguroso ¿qué gana personalmente? Sólo la satisfacción, a largo plazo, y muchas veces ilusoria, de que los alumnos progresen. Y los alumnos a la larga, si no tienen mala entraña (¡también los hay, y no puedo ni quiero recordar sus nombres y apellidos!), reconocen lo que se hace por ellos. No, no soy partidario del látigo ni de la palmeta, pero soy partidario decidido del rigor. 

Creo que la educación moderna, en Venezuela, y en todo el mundo, ha padecido una concepción halagüeña, simpática, inspirada en buenos y nobles sentimientos, pero errónea: la enseñanza como juego. Los que nos hemos educado en la época de la palmeta, nos hemos sentido tentados por la nueva Pedagogía. La experiencia ha demostrado, me parece, que es sistema también nocivo. Como toda reacción, se ha ido al extremo opuesto. La enseñanza como juego está bien para el Kindergarten. Pero ya desde el primer grado, el aprendizaje es siempre trabajo, y el trabajo es siempre esfuerzo y dolor. Nuestro verbo trabajar viene del latín popular tripaliare, que era torturar (de tripalium, instrumento de tortura, de tres palos). Los trabajos de Persiles y Sigismunda, de Cervantes, no eran trabajos en el sentido de labores o actividades, sino en el de tremendas penalidades. Todavía el venezolano trabajar la paciencia o pasar trabajos conserva mucho del viejo sentido: “¡Aquí me tiene pasando trabajos!” Aprender y enseñar no es un juego, es un trabajo. Y tiene todo el dolor y toda la dignidad del trabajo humano. Tampoco la vida es juego, sino duro y dramático esfuerzo, y desde el primer grado al niño hay que prepararlo para la vida. Con trabajo y con dolor ha hecho el hombre todas sus grandes creaciones. El porvenir de nuestro mundo no se presenta de color de rosa. Hacer estudiar a los alumnos es prepararlos para que puedan afrontar las duras realidades de la vida. Y es además darles los medios para que desarrollen su capacidad, su personalidad, en bien propio y del país. La pequeña gloria del maestro está en la grandeza de sus alumnos.


* Publicado originalmente en el diario El Nacional, 5 de octubre de 1962. El título original era: “Las olvidadas máximas del profesor Rosenblat” (como el del artículo del Sr. Ángel Mancera Galletti), modificado por la Redacción del periódico.

(1) Texto tomado de La Educación en Venezuela. 5ª edición. Caracas. Monte Ávila Editores, 1990, pp. 47-53.

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