sábado, 1 de octubre de 2011

DOCENCIA, INVESTIGACIÓN Y VINCULACIÓN SOCIAL.

Por Marlon Rivas Sánchez

Para comenzar a hablar de la docencia deberíamos preguntarnos qué educación es la que necesitamos los venezolanos del siglo XXI, qué características tendría, o cuáles cualidades y valores deben prevalecer en esa educación necesaria para nuestra sociedad. Quizá esas interrogantes no respondan a una auténtica inquietud de los profesores y maestros que nos encargamos de enseñar en educación universitaria, en educación media y diversificada o en educación primaria, pues en la mayoría de los casos, y lamentamos decirlo, los docentes no buscamos reflexionar sobre los actos que hacemos o las acciones que presenciamos a nuestro alrededor, más bien, lo que prevalece en nuestro hacer es un automatismo ciego e irreflexivo que, en la mayoría de los casos, sólo promueve o profundiza errores y prácticas obsoletas desvinculadas de la realidad de los educandos y sus necesidades.

¿Qué necesitamos en relación con el rol docente?

En relación con el docente


“…El educador progresista, capaz y serio, no sólo debe enseñar muy bien su disciplina,
sino desafiar al educando a pensar críticamente en la realidad social,
política e histórica en la que está presente”

Paulo Freire.



En primer lugar, que el maestro o el profesor pueda pensar por sí mismo y que sea capaz de tomar las elecciones éticas que sean más acordes para sí mismo sin menoscabar los derechos del resto de los ciudadanos, y, sobre todo, que estas opciones sean útiles para el desarrollo de los educandos que tiene bajo su responsabilidad y para las comunidades de las que proceden.

En segundo lugar, se precisan docentes bien preparados. Para ello es necesario que sean lectores acérrimos, tenaces, críticos, capaces de prever la mentira en todas sus formas, sagaces para leer las formas en las que se presentan las ideologías en los discursos, interesados por los saberes más divergentes y competentes para establecer conexiones entre las disciplinas científicas y humanísticas. Se necesitan docentes lectores que sepan digerir los textos que leen, que puedan establecer criterios adecuados para verificar la fiabilidad de las obras y que sean capaces de comprobar la aplicabilidad o el ajuste que precisarían las propuestas teórico-metodológicas expuestas en los textos para contextualizarlas de acuerdo a las características y necesidades de los educandos y los contextos situacionales reales de aplicación.

En tercer lugar, se necesitan docentes escritores, es decir, que ejerzan la escritura como una forma de crear conocimiento y, sobre todo, como una forma de participación social. Y con esto lo que queremos decir es que los docentes escriban no sólo libros o artículos arbitrados sobre sus áreas o especialidad, sino, principalmente, artículos de opinión en medios electrónicos, en la prensa del día, en facsímiles o volantes, que versen sobre asuntos de la actualidad política, ciudadana, económica, mundial que nos competen a todos por ser ciudadanos venezolanos, latinoamericanos y ciudadanos del mundo.

Y en cuarto lugar, se precisa un docente que ame lo que hace. Los docentes debemos recuperar la vocación necesaria para aprender y enseñar cada día. Sólo un docente que, desarrolle un amor verdadero por lo que hace, podrá ejercer plenamente las tres necesidades descritas en párrafos anteriores (ser docentes pensantes, lectores y escritores).


En relación con el docente lector-escritor-investigador

Si el docente es lector y escritor competente, eso lo dirigirá necesariamente a la investigación. Porque la investigación es una vía mediante la cual la docencia se puede hacer operativa, funcional en los distintos contextos de acción docente, ya sea en el aula de clases o fuera de ella. La investigación debe estar motivada, además, por las necesidades reales de las comunidades en donde hacen vida los docentes, los educandos y las instituciones en las que estos convergen; por ello, docencia e investigación se relacionan ineludiblemente con la vinculación social o el trabajo en las comunidades. Dice el pedagogo italiano Francesco Tonucci que “…la escuela será siempre un momento (cultural) de análisis de la realidad y que la investigación será el modo, el método por el que se realiza dicho análisis. Por consiguiente, no puede prescindirse de la realidad: hay que partir de ella, pero no para rehacerla, no para copiarla, sino para analizarla y comprenderla con vistas a cambiarla” (1999: 19).

Pero para que el docente ejerza plenamente el rol de investigador, basado en sus roles como lector/escritor autónomo, crítico y tenaz, debe, a su vez, cuidar la forma cómo operativiza la investigación en el aula. Y aquí sería bueno recordar unas palabras del educador y filólogo Ángel Rosenblat: “...Creo que la educación moderna, en Venezuela, y en todo el mundo, ha padecido una concepción halagüeña, simpática, inspirada en buenos y nobles sentimientos, pero errónea: la enseñanza como juego. La enseñanza como juego está bien para el Kindergarten. Pero ya desde el primer grado, el aprendizaje es siempre trabajo, y el trabajo es siempre esfuerzo…”

Pensamos que el docente debe ser muy cuidadoso en la implementación del juego, puesto, como es sabido, no todos los objetivos y contenidos de la enseñanza se adaptan para la ejecución de estrategias lúdicas, es decir, no podemos pensar que el juego sea apto para todos los tipos de enseñanza y temas que se den en el aula de clase, incluyendo, claro está, cuando se asume la investigación como recurso didáctico para la enseñanza en Educación Universitaria o en cualquier otro subsistema educativo.

Y fíjense como podemos comprobar y corroborar la correspondencia entre la opinión de Rosenblat y la siguiente cita de Tonucci en relación con la investigación en el aula de clase y los peligros de sobrentender la enseñanza meramente como un juego: “…Del investigador, la sociedad espera soluciones nuevas, posibilidades de modificación y mejora. El escepticismo hacia la escuela es, pues, clamoroso y evidencia de nuevo el equívoco: todo lo que entra en la investigación, si entra en la escuela, debe ser juego, ‘juguemos a investigadores’, y no a una práctica de vida que ponga al niño, al muchacho y al adulto, en posesión de la gestión y control de su propio conocimiento” (1999: 20).

Estamos seguros de que todo docente preocupado por enseñar se ha dado cuenta de los peligros del juego, los cuales no son otros que concebir y ejercer una enseñanza reduccionista y equívoca no exenta de cierta coacción práctica que desmerece y desvirtúa la función y la finalidad de toda acción docente, en la cual teoría y práctica son elementos indisociables para propiciar la reflexión, la discusión en el aula y la reformulación de las praxis.

Cuántas veces no hemos percibido la sobrextensión de significado, en el ámbito educacional, a partir de palabras como “dinámica”, “taller”, “exposición”, “ejercicio”, entre otras; las cuales se presentan como estrategias consabidas y extremadamente gastadas por un uso irreflexivo y constreñido por las necesidades de una evaluación entendida meramente como un requisito institucional administrativo.

A efectos de aportar una vía para comprender el rol investigador del docente en Educación Universitaria, transcribiremos algunas recomendaciones dadas por Jacqueline Hurtado de Barrera (2010), quien, desde la investigación holística, sugiere seguir los siguientes pasos para visualizar y viabilizar la investigación en el aula desde la conformación de líneas de investigación:

1. Análisis de situaciones de la realidad o de las comunidades para propiciar la consiguiente reflexión con los estudiantes.
2. Detección de áreas problemáticas, áreas temáticas de interés y tópicos para la investigación.
3. Formulación de preguntas básicas que puedan desencadenar problemas de investigación.
4. Identificación de los tipos de investigación correspondientes a cada pregunta formulada.
5. Determinación de los proyectos.
6. Construcción de las líneas virtuales y potenciales de investigación.
7. Organización del mapa de líneas para visualizar todas las posibilidades de investigación y todas las conexiones que se pueden establecer entre las preguntas de investigación y los proyectos generados por ellas.
8. Ejecución de los proyectos y vinculación de nuevas propuestas.
9. Identificación de las posibles áreas de aplicación de los procesos de cada investigación.

Estas recomendaciones no deben ser entendidas o aplicadas como receta para la investigación como recurso didáctico en el aula de clase. Lo importante para su instauración es tener “…claridad en torno al concepto de ciencia, a la definición de investigación y en cuanto al cómo investigar” (2010: 82).

Además menciona Hurtado de Barrera que debe existir la necesidad de abordar la problemática educativa e investigativa desde una perspectiva transdisciplinaria, interdisciplinaria y holística, contando, igualmente, como recurso indispensable, con herramientas conceptuales integradoras, suficientemente profundas y pertinentes de acuerdo al nivel educativo de que se trate.

Otra de las recomendaciones, aportadas por Hurtado de Barrera, es que la mejor forma de aprender a investigar, en el aula o fuera de ella, es a través del ejercicio investigador o de una práctica investigativa que se oriente hacia un contexto de reflexión, análisis, formación, asesoría y actividad permanentes.



En relación con el docente lector-escritor-investigador-sensibilizador social


La educación ya no es formar es entrenar

Paulo Freire.


La propuesta anterior nos pone a dudar de las prácticas de muchos profesores, que en el sistema de Educación Universitaria, creen que para trabajar con nuestros estudiantes de formación docente, no debemos proveerlos y ejercitarlos en la valoración y comprensión de diferentes textos teóricos que puedan ayudarlos a reflexionar entre ellos y el profesor. Recordamos una ocasión cuando un amable profesor nos dijo: “A los muchachos hay que ponerlos a hacer, lo importante es lo que se haga en el aula, con palabras bonitas y teoría no se logra nada”.

Cuando un profesor o profesora se niega de plano a emplear, en el aula, materiales teóricos que puedan facultar a los educandos para la construcción de la reflexión propia, el intercambio de ideas y la elaboración de argumentos que sustenten sus opiniones, y lo hace a favor de ofrecer sólo estrategias didácticas consabidas que favorezcan la praxis de aula, lo que está haciendo, realmente, es subvalorando, desconfiando y desmeritando la capacidad de los estudiantes para razonar o pensar autónomamente (lo cual nos separa de forma tajante con la primera parte de este texto, la que versaba sobre la necesidad de que el docente cultivase y ejercitase su facultad para pensar y hacer elecciones éticas asertivas consigo mismo, sus estudiantes y la comunidad).

Entonces, si la investigación debe ser un eje motivador para estimular en el alumno una actitud cónsona para el estudio, la lectura y la escritura, cómo podemos concebir una práctica docente desvinculada de propuestas teórico-metodológicas coherentes que revitalicen nuestras prácticas, que, a lo sumo, nos ayuden a mejorar nuestras praxis cotidianas y nos sirvan para estudiar -para leer y escribir-, valorar, redirigir y reformular nuestra acción profesional.

Ahora bien, en ¿dónde confluyen todos los roles que le hemos sumado al docente? Sencillamente, en un ser humano que es padre o madre, hermano o hermana, hijo o hija, esposo o esposa, vecino o vecina, amigo o amiga, trabajador o trabajadora; en fin un ser humano complejo, con muchas responsabilidades y virtudes y también con bastantes defectos. Entonces ¿cómo confluyen los roles de los que hemos estado hablando en ese ser humano tan especial que es el maestro?

Al igual que con los roles en la vida (padre o madre, hermano o hermana…), el docente es un ser humano que, si es lo suficientemente atento a su realidad y a su formación, sabrá interrelacionar todo el campo experiencial que lo constituye como ser humano, es decir, todo lo que ha investigado, lo que ha leído, lo que ha escrito, lo que ha sentido, lo que ha visto, lo que ha vivido, las personas que ha conocido, etc., a efectos de hacer integrar ese campo de experiencia con las vidas y expectativas de sus estudiantes en el aula de clase, y en la medida de lo posible, llegar a conocer las realidades –por duras que sean– de sus alumnos.

Un docente como sensibilizador social remite a la necesidad de ser sensible ante la realidad de los alumnos, esto nos conduce a reconocer la necesidad o el hambre por aprender de los alumnos, en otras palabras, la sensibilidad del educador debe llevarlo a intentar llenar esa hambre por aprender que percibe en los educandos. Y entiéndase que con la palabra ‘sensibilidad’ o ‘sensible’, no nos referimos aquí a dar un ‘tallercito’ para ‘compartir’ con los estudiantes, o a entender la sensibilidad o el dolor humano desde afuera, sino, por el contrario, nos referimos a ‘ponernos en los zapatos’ del alumno, a fin de reconocer que, en su momento, nosotros también fuimos alumnos y que todavía –de cierta manera– lo seguimos siendo.

El docente como sensibilizador social debe aproximarse e interactuar con las vidas de sus estudiantes, con las comunidades de las que forman parte, con el objeto de conocer sus vidas, las vidas de sus padres, sus problemas cotidianos; el docente debe interesarse por qué su estudiante se ausentó un día a su clase, debe preguntarle –a él o a ella– qué le pasó.

Debe llegar a entender que el ser humano en formación que se sienta a escuchar su clase no ejerce un solo papel en su vida, pues al mismo tiempo que estudiante es hijo, hija, nieto, trabajador, amigo, etc. El educador debe intentar comprender toda la ‘geografía’ que tiene por dentro esa persona que llamamos comúnmente alumno; todo eso lo tiene que conocer un maestro, es difícil para el maestro. No se puede ser sensible socialmente si el maestro no se interesa realmente por las vidas de sus estudiantes.

Así como una comunidad está conformada por innumerables miembros de distintas familias, así también pasa con el aula de clases, ésta está conformada por una familia, y en ese cuerpo familiar todos se importan mutuamente, todos se apre(he)nden y se enseñan mutuamente; el guía de esa familia es el docente, pero la idea es que, en esa familia, se deba empezar a ser sensible por todos sus integrantes y entre los mismos integrantes, de forma que se ejerza un acopio de humildad en todos los miembros del cuerpo familiar y podamos, mancomunadamente, ir construyendo nuevos aprendizajes.

En conclusión, recae en el trabajo y la responsabilidad del docente el ejercicio de la educación y la formación para la vida de millones de niños, niñas, adolescentes y adultos que merecen cultivarse y desarrollarse completamente. Y para quienes la formación debe ser un acto pleno que hace real un derecho humano indeclinable e impostergable para los que el docente es como la luz que guía a la ciudadanía en la aproximación o el acercamiento a la verdad.

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