sábado, 29 de diciembre de 2012

Variedades geográficas del español y norma lingüística. Uri Ruiz y Amparo Tusón



Variedades geográficas del español y norma lingüística[i]

Por

Uri Ruiz Bikandi
Amparo Tusón Valls
Consejo de Dirección de TEXTOS

La creación de la norma, directamente ligada a la escritura, se enfrentó desde sus orígenes al problema de los criterios sobre los que construirla. El habla del pueblo llano encontró su lugar en ella tamizada por los usos que las clases instruidas hacían del acervo común. Así, ya Juan Valdés en su Diálogo de la lengua  opta por las formas «que asi escriben en castilla los que se precian de scrivir bien» y rechaza otras debido a que las emplean «personas no cortesanas ni hombres bien hablados». En definitiva, refleja lo que, desde el Siglo de Oro será el criterio de norma culta para el castellano: uso cortesano frente a vulgar o «grossero», habla de Castilla frente a la de otros pagos, lengua escrita como referente del habla culta.

Sobre estos criterios sociolingüísticos se ha ido construyendo una norma cuya transcendencia afecta, además de a la conservación de la unidad de la lengua, al modo en que son considerados aquellos usos que se alejan de los núcleos sociales modélicos. Es así como la unidad del castellano o español ha venido asegurada por una norma de escritura que, de modo general, nadie parece poner en duda.

Sin embargo, mientras la escritura unifica, los usos orales ofrecen resistencia a las tendencias uniformadoras: el habla viva mantiene sus raíces profundas y variadas y da sello de identidad a las gentes de cada entorno. Si bien nadie duda de que la lengua común se enriquece con este acervo, la distancia oral entre los dialectos y la norma culta constituye en ocasiones un vacío difícil de llenar, pues sólo una de esas variedades tiene en cada país de habla hispana carta oficial de ciudadanía. Lo urbano domina sobre lo rural, los usos de las clases ilustradas frente a los del pueblo llano, los de un territorio frente a los de otros. Las palabras tienen el sello de origen y el origen –geográfico y social– es en ocasiones motivo de marca y de rechazo. La lengua se manifiesta también en este campo como transmisora y (re)creadora de prejuicios sociales (o sociolingüísticos).

Esos prejuicios, largamente asentados, hacen que criterios con el de número de hablantes o la larga tradición en las formas de decir sirvan de bien poco: en el español peninsular, por ejemplo, hasta no hace mucho, se ha considerado como norma aquella variedad que dispone del menor número de hablantes, el castellano de la meseta norte, que aún sigue siendo el único castellano «bueno» para una gran parte de la población. Los restantes dialectos están sometidos en gran medida al estigma social que identifica como no culto o no aceptable cualquier modo alejado de esa lengua o variedad «legítima». Todo ello distorsiona en gran medida el uso que los hablantes puedan hacer de su lengua y es con frecuencia origen de inseguridades personales y de discriminación social.

Dado que la escuela tiene como uno de sus principales objetivos hacer «buenos» usuarios de la lengua, es precisamente en este terreno donde ha de desarrollar su trabajo en un doble sentido: trabajando por superar prejuicios lingüísticos, deberá  favorecer que el alumnado se reconozca en su variedad de origen, la valore y la use con propiedad y promover, a la vez, que distinga entre ámbitos de uso y contextos de comunicación en los que tengan cabida los diferentes registros de habla incluyendo la norma culta para aquellas situaciones formales y públicas que hacen más aconsejable su utilización. Para ello, resulta del todo imprescindible que quienes enseñamos  prestemos una atención especial a la variedad lingüística y no traspasemos sin criterio lo que es propio del código escrito a los usos orales, por definición vivos y cambiantes.
Pero, ¿las distancias ente dialecto y norma son tan grandes, en realidad? Casi todo el mundo conviene en que las diferencias entre las variedades dialectales del español, aunque en ocasiones morfosintácticas, son fundamentalmente de orden léxico y fónico.

En lo que respecta a la enseñanza de la lengua, los fenómenos dialectales de tipo léxico, además de representar una riqueza útil en diferentes dominios de uso, que habrá que enseñar a delimitar, se pueden ver compensados con sus equivalentes de uso más amplio, lo que no ofrece mayores problemas de aprendizaje. Gracias a los medios de comunicación de masas y a las fuentes escritas, ese doble dominio léxico parece relativamente fácil de conseguir, cosa que no ocurre con las dificultades que se suscitan al intentar adoptar con naturalidad hábitos fónicos distintos en la lengua que es propia. Es conocido que los esfuerzos para aproximarse a la norma culta castellana septentrional en el habla de gentes de otras procedencias acarrea riesgos de artificialidad, afectación e incluso error, enemigos eternos del buen uso.

Determinar qué es un buen uso resulta, pues, prioritario. Como profesores del área de lengua, el problema nos afecta particularmente, puesto que en eso consiste precisamente, gran parte de nuestro trabajo: educar en el uso variado, adecuado y eficaz de la lengua, tanto en su modalidad oral como en la escrita. Es evidente que los criterios de bondad cambian, que las aportaciones de la sociolingüística han puesto en solfa muchas de las ideas heredadas de siglos pasados respecto al significado del uso «correcto» de la lengua. No creemos que suscite mucha controversia el afirmar que una persona  es una «buena usuaria de la lengua» cuando es capaz de hacerse entender y de entender a los demás en cuantas más situaciones  de comunicación mejor, cuando puede elegir entre los diferentes registros y estilos aquellos más apropiados al contexto en que se encuentre; en definitiva, cuando su repertorio verbal es amplio y variado.     



[i] Fragmento tomado de Ruiz B, U. y Tusón V., A. (1997).  «Variedades geográficas del español y norma lingüística», En  TEXTOS (12). Didáctica de la Lengua y de la Literatura.  Abril (97). Monografía, págs.  5-8. Barcelona, España. Graó Educación de Serveis Pedagògics. 

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